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jueves, 14 de septiembre de 2023

CAOUTCHOUC

Tras una noche de agua, el amanecer es pluvioso al igual. Los cielos abiertos dejan caer en grandes trombas este fruto del cielo, aquí tan abundante. En la Eucaristía de las 06:00 cuatro personas, dos de ellas Hijas de la Caridad. Al terminar le invito a compartir conmigo el desayuno. Es un joven. Se llama Dondedieu y es en verdad un regalo de Dios.  Hablamos de muchas cosas. Es cordial y alegre. Le comento que hemos de ir a por agua potable, dado que el bidón está agotado. A las 08:00 me voy a clase de sango, como todos los días que toca y hoy, miércoles, es uno de los tres días de la semana de ello. A las 10:00 termino y vuelvo a casa. Un poco más tarde percibo que susurran mi nombre desde el exterior. Es él, que me informa acaba de venir de la fuente del poblado de al lado, Poto-Poto y me ha traído el bidón. Ha ido andando 4 kilómetros y cargado el bidón a sus hombros, acaba de regresar. ¡25 litros de agua! Me deja sin palabras. Un gesto de tan alta generosidad es impagable. Además, me dice ahora que le acompañe.

Dócil y vencido por su amable gesta digna de encomio, le sigo por un camino en medio de la verde espesura de la selva. Allí me muestra el objeto de lo que habíamos hablado, entre otras cosas, en el desayuno: ¡los árboles de caucho! Un bosque de centenarios cauchos, altos y fuertes, otorgan al lugar una atmósfera especial. Me dice que sólo los hay en esta parte de Lobaye. Mi sorpresa se agranda al encontrarme, en un pequeño claro, a un grupillo de chavalillos que me esperan, advertidos por algunos jóvenes entre ellos él, para enseñarme algo muy precioso. Me muestran cómo fabrican de modo natural sus balones y pelotas, objetos de sus juegos. He de confesar que mi admiración es mayúscula.  Intentaré describir el proceso, que sólo si se contempla, se puede creer de verdad. 

Primeramente con sus machetes, realizan diversos cortes en las cortezas de una serie de árboles próximos. Mientras las heridas sangran una savia blanca viscosa, ellos escogen un palo que pelan en uno de los extremos como unos 8-10 cms y cuya médula calientan un poco al amor de un tímido fueguecito que hace de epicentro de esta empresa. Y comienzan a corretear y recorrer, frecuentar y visitar los troncos llagados, impregnando ese líquido gomoso con sus deditos sobre esa superficie preparada en sus palitos. Una vez completada, se dirigen al fuego y lo calientan, logrando que el caucho, como si fuera un moderno látex autonivelante, se extienda y cubra todo ese espacio en su palos. Repiten la operación tantas veces como consideren, hasta lograr una película consistente y sin fracturas ni orificios. El ir y venir es constante, es una danza lúdica. 

Una vez considerado es suficiente, modulan con sus manos hasta separar esa materia adherida y trabajada en el palo. Miran al cielo a su través, cual catalejo para percibir posibles fugas. Una vez testado y admitido el producto como bueno, el siguiente paso requiere el concurso de dos. Uno procede a su inflado, mientras el otro estira el objeto por su parte cerrada. El milagro se produce y una burbuja de aire emerge en su mitad que se hace tan grande como se siga con el soplado. Una vez adquirido el tamaño deseado, se cierra por la parte que se ha inflado, tarea fácil debido a su generosa adherencia. 

Comienza la última fase, irle dando volumen, capa tras capa del mismo producto. Una película de caucho caliente en una reutilizada chapa hace que la película de este producto vaya envolviendo de modo sucesivo ese corazón de balón etéreo. Y así, poco a poco se obtiene el volumen del esférico que hará las delicias de los peques. Don de Dios, los chavales, los jóvenes, el agua, el ingenio humano y la naturaleza.

miércoles, 30 de agosto de 2023

EL CHÓFER DE LA MEMORIA

 Me dicen es el anciano del poblado y que es un sabio. La experiencia acumulada en su vida es admirada por todos y por todos recurrida en algún momento como fuente de consejo. Me está esperando y nos sentamos en uno de los laterales de la gran explanada en la que ahora juegan al futbol pero donde, me dice él, estuvo antes la escuela parroquial. Un hombre menudado por los vaivenes de su historia y que le han impreso en su curtida piel señales, para que recuerde y no olvide. Diría que su vida está escrita en su piel, ahora matizada por la edad a modo de paño húmedo.

Se llama Komet y ha sido casi todo en la vida de la Societé. Empezó como obrero, después como conductor de camión y más tarde como chofer particular del director de la misma. Sus ojos se abren con apasionamiento cuando me habla de los ricos cultivos que aquí se daban, sobre todo del café y del caucho. Finalmente madera. El grupo incorpora en torno nuestro a hombres, jóvenes y niños, todos expectantes. 

La redondez de sus ojos torna cuando pasa a contarme, lo que siempre me he figurado a este respecto, el maltrato recibido por la empresa a él y a todos los que a ella dedicaban su vida y su trabajo. Unos salarios ya entonces irrisorios, insultantes para quienes tenían con ello que mantener familias numerosas.  Un trato personal ofensivo y en tono humillante que les imperaba por doquier quién era el amo y quien el siervo. 

Digamos que en estos lances y tratos unos perdieron la autoridad y a los otros les usurparon la dignidad. Escuchándole pienso en mi interior acerca de la leyenda negra hispánica…. ¿Cómo sería la leyenda colonial africana si la tuviéramos que escribir? Una brizna de ira se dibuja incluso en su afable rostro cuando llega al final de la historia. “Tras la huida de esta sociedad, los paisanos quemaron las plantaciones y arrasaron con todo vestigio de ello, edificios, instalaciones, etc,”. Me va enumerando, con fotográfico detalle, todo lo que se echó a perder: árboles, depósitos, casas, talleres, maquinaria, teléfono,… todo venido a la nada por la ira como respuesta a una desconsideración de personas vendidas a la avaricia, que aún pervive, me cuenta, en las explotaciones forestales de árabes sobre todo.

¿Dónde estaba el sueño del que le hacía partícipe su padre, cuando le hablaba de los misioneros, el P. Lejeune y el P. Kandel, cuando llegaron hasta aquí cargados de ilusión para acompañar en el desarrollo a estas gentes, sus tierras y cultura?.  Tras escucharle me felicita por haber venido, él sabe un poco cómo es el mundo más allá de estas fronteras y venir, me dice, es tenernos en cuenta. Me advierte que encontraré a gente de su pueblo, mayoritariamente de la etnia de los Bofis aunque también los hay Gbaka, Mbati, Gbaya, que quizá no se consideren a si mismos tanto como yo lo hago, como misionero. Le hablo de mis lecturas al respecto de la SAFA y SCAD. Fechas, filosofía de las sociedades coloniales… me corresponde con su atención y asentimiento silente de cabeza. Al final me estrecha emocionado, en un abrazo. Sus ojillos le delatan. “Nadie, tampoco de los suyos me dice, se ha interesado en saber lo que yo le he participado en un momento, y es la historia de este pedazo de mundo”. Una tarde de diálogo, en la que con humor me despide diciendo que para ser Bwa, he  escuchado demasiado y hablado más bien poco… No es lo normal en su gremio, apostilla. 

Mis pasos me conducen a la capilla de las hermanas para la oración de vísperas a la que hoy acudo lleno de vidas e historia, abusos, avaricias, iras y firmemente convencido del mutuo valor terapéutico de la cercanía y la escucha.  


domingo, 9 de julio de 2023

LEMBË


Crusoe llamó “Viernes” al que sería su buen compañero en la novela. En mi caso le he llamado “Lembë” (embajador). No lo he salvado de nada pero desde el primer día me sigue a todas partes cuando estoy en casa. Por la noche, el suelo de la casa, también de madera le delata, y sus brincos  responden seguro a algún ratoncillo. Es un gato común menudillo, blanco y pardo, de ojos grises. Un compañero inesperado. Es vivo y muy rápido. Cuando me mira, da la impresión que él también comprende un poco de qué va todo esto. Quienes saben de misión, conocen que los gatos son eficaces detectores de serpientes y otros vecinos no invitados, tampoco bien recibidos y menos de improviso. Su comportamiento avisa y delata este tipo de presencias no muy agradables.  Aquí las hay, verdes y amarillas, grandes y pequeñas…

El sábado, aprovechando tregua de tormentas, me fui con Pancrace, hasta el rio Lobaye que casi traza frontera con Brazzaville, escasos unos tres kilómetros de casa. El sendero bulle de vida. Mamás con enormes cestos de ropa sobre la cabeza y rodeadas también de niños; chicos con cabrillas y pollos al hombro; pandillas de adolescentes y jóvenes con sus machetes. A algunos los encontramos limpiando el camino. Los viandantes más numerosos son aquellos que portan el “kako”, una estructura de mimbre que llevan a la espalda amparada por cabeza y hombros. Rodrigo es uno de ellos con el que hago trecho. Me cuenta que van al bosque, del otro lado del río, en busca del preciado botín tras las lluvias. Estará una semana fuera de su casa. Me dice cómo los venden y le da tiempo también para instruirme acerca de unas ruinas coloniales, ya en la rivera del Lobaye. Inmersas en maleza, apenas se distinguen muros y ventanas de casas, pertenecientes un día a la sociedad de explotación a la que se le confiaron estas tierras para el cultivo del café y la explotación del caucho. Tras irse los franceses, la población ¡lo destruyó todo!. Prefirieron arañar los ladrillos, maderas y tejas de la superficie de su tierra, a vivir en ellas. Esto ya dice mucho al respecto. Sólo queda en pie un oxidado e inservible, enorme depósito de agua perteneciente a la extinta hacienda, como único testimonio de un pasado lacerante y aún demasiado presente en sus vidas. 

Ya en el embarcadero, lavanderas y discípulos de Caronte con sus piraguas de una sola pieza de árbol. Cobran a la gente la voluntad y en especie, por realizar el tránsito fluvial tan deseado. Hablo con ellos. Regresamos tras una mañana de relación con la población. Pancrace está feliz de haber aprendido a manejar la experimentada brújula que Juan me confió en Madrid la misma mañana de salir para aquí. Ya por la tarde ojeo un viejo ejemplar del “Kozo Mbouki” (AT), que he encontrado. Mi inclinación me lleva hasta “nguia ti Nzapa si a yeke mou na ala ngangou”! de Neh 8,10b.

Un enjambre de niños se combinan, además de una áspera estructura más o menos esférica envuelta y enredada de todo a modo de balón; un variado y vital griterío, ajeno a preocupación alguna. La vida para ellos es simplemente algo más sencillo… Yo hoy también he recordado mi ser niño, cuando tras la misa, guardé la ropa y zapatos de domingo hasta su nueva hebdomadaria cita.

FIN DE PISTA

Hay palabras y lugares que todos guardamos en el libro de nuestras vidas con una honda significación y sentido. Todos tenemos palabras, olor...