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viernes, 23 de febrero de 2024

NA NDUZU

Han sido días difíciles. Me comunicaron el ictus sufrido por D. Juan María y su grave estado que hacía presagiar en breve su partida la Padre. Faltan unos días para el aniversario de mi padre y, no sé el porqué, pero he tenido una corazonada. 

Esta situación viene antecedida por la muerte también hace unos días de D. José Iglesias a quien me unía una entrañable amistad  gestada durante mis años en la capital, años que coincidieron con su jubilación. Su exquisito trato fue  disfrutado por muchos en la parroquia, ya que era de los confesores habituales, junto con sus compañeros de la casa sacerdotal, Miguel, Casimiro….. a quienes Parra embarcaba primero en su coche y con el paso de los años, en el bus. Mi madre decía era un santo y las confesiones con él le edificaban mucho. Henar no era de muchos halagos en vano. Cuando me despedí de él, antes de venirme de misión, él ya me indicó, que nos volveríamos a ver en el cielo. Tenía un hondo pesar conmigo, que no confieso aquí porque quizá pudiera ser interpretado como vanidad por mi parte. Siempre me tomé tal deseo de su parte con mucho humor. “Mi vocación ya está realizándose, D. José, no necesito nada más”, le respondía yo entre sinceras sonrisas. Le dediqué unas letras escritas en una carta, que custodiaba como un tesoro. 

El caso es que apenas unos días después, también en la década nonagenaria, seguro, comienza su partida de entre nosotros D. Juan María. Hombre creyente profundo, inteligente, exigente y lleno de ternura. Tuve la suerte de tenerlo como obispo en una de esas carambolas que determinan el ser y el hacer de la Iglesia en el mundo. Un gran don el que de él recibiera el orden sacerdotal. Sus palabras finales en aquél 16 de setiembre de 1995, hoy se ven cumplidas. Flanqueado por Teo y por mí y envueltos en un gran abrazo, dijo a la asamblea: “Con estos dos….. ¡al fin del mundo!”. Así ha sido. Uno “al este” de la diócesis y el otro en el “corazón de áfrica”, ambos con los pobres en dos rincones del mundo donde las pobrezas tiene esos múltiples rostros. A la par, con esa finura comunicativa que le caracterizaba , se hacía eco de un slogan comercial entonces muy en boga. Años en los que vivimos en la diócesis una primavera eclesial que nos despertó a todos e hizo salir del consuetudinario discurrir. Años en los que viví su paternidad y en los que mi personalidad sacerdotal se forjó con esa mixtura de crítica, sentido común, amor, libertad y siempre una incuestionable fidelidad. En más de una ocasión, en esas entrevistas reconstituyentes del todo, me decía que valoraba grandemente estos encuentros conmigo. Una amistad que hemos cuidado después de su marcha de Zamora. Distintas cartas y entrevistas en diversas ocasiones, han mantenido vivo el rescoldo del vínculo. El colofón fue apenas hará dentro de unos meses el año, la carta que me dedicó ante mi partida a la misión. Preciosa, precisa, teológica, pastoral y personal…. Lo tiene todo y ese todo está transido de una historia singular. 

Mi pálpito se ha cumplido y el mismo día del aniversario de papá, D. Juan María nos ha dejado. Dos padres, para mí, unidos por una misma fecha. ¿Otro guiño del cielo, otra diosidencia? No sé. Ahora será la ocasión en que comiencen a ponderar su papel discreto pero de caldo en el episcopado español. Destacarán sobremanera que lo mandaron a Zamora  casi como un destierro, cuando en verdad fue una bendición. Dirán muchas cosas de su interlocución con los terroristas, pero se olvidarán que tuvo que pagar un alto precio como moneda de cambio de la salida de Setién de San Sebastián. Dejar una vida iniciada entre nosotros de un despertar a Dios, de una vida de iglesia participada y animada, donde el horizonte y la meta estuvieron más nítidos que nunca, para afrontar no pocas dificultades, incomprensiones intencionadas y sospechas infundadas.

D. Juan María, acabó de escribir el viernes su último libro, seguro con la convicción de que terminaba de veras, según me han manifestado personas cercanas a él. Cerrar un libro ha sido para él cerrar ese ofrecimiento reflexivo que siempre nos ha hecho con lucidez  extraordinaria, pero ha sido también el signo de una oblación confiada y definitiva, total de su ser como discípulo y pastor. De aquellos tiempos entre nosotros en Zamora, recordaremos que pudimos tocar un poco más de cerca el cielo, cielo que seguro el bueno de D. José y por su parte D. Juan María, habrán alcanzado porque ambos, cada uno a su modo, han vivido y compartido una experiencia de vida que va más allá de la existencia. 

Como dicen aquí, “D. José nzoni bwa nga D. Juan María nzoni mingui kota bwa, na nduzu ti Nzapa ngu na ngu, lakwe lawe! 

D. José buen sacerdote y D. Juan María muy buen obispo, en el cielo para toda la eternidad.


miércoles, 20 de diciembre de 2023

WA

Es el rey, como en casi todo el mundo. Me refiero al sol. En un país donde no existe podríamos decir, apenas hay una presa hidráulica, la producción de energía eléctrica, el sol es el primer aliado para la producción de electricidad. En numerosos poblados contrasta sobre el pajizo ramaje de techumbres una pequeña placa solar, colocada llenándose de la vida que viene rayonada del calor del lucero diurno. Esa plaquita alimentará un pequeña antorcha led que permitirá en la noche de ese hogar andar a menos tientas que inmersos en la oscuridad total, porque en este rincón la contaminación lumínica también es inexistente. La noche es tupido pliegue cerrado a cualquier lúcida evanescencia.  

El sol será también el protagonista de la próxima temporada que estamos a punto y deseosos de inaugurar: la estación seca. Apenas tres meses, de diciembre a marzo, que el generoso y húmedo cielo compensa con su tregua, respetando así un tiempo en el que caminos, campos, selva y praderas, puedan hacer buena digestión del agua caída abundantemente durante nueve meses. Los caminos ya rebosan de agua, no admitiendo más y casi suplicando se adelante aunque sólo sean dos semanas, este período 

Cada mañana, el rojizo amanecer se despierta sobre las 4:45. A medida que la luz lo va invadiendo todo, el horizonte se cubre de anaranjado manto, que potencia la vistosidad del disco solar. A las 6:00 la luz ha tomado posesión de todo este escenario de la naturaleza y de la humanidad en su seno, llenando de matices la jornada. Un día que pondrá su fin al declinar de este viaje  a eso también de las 18:00, sumiendo la penumbra en sombra y ésta en negra oscuridad. El sol al esconderse, deja paso al milagro que se obra con su ausencia. Un cielo bellamente plagado de estrellas va tomando intensidad haciendo posible, dada la situación, de poder contemplar la cúpula nocturna del hemisferio norte a la par que la del sur. Y este espectáculo visual viene acompañado de una innumerable obra musical formada por los más diversos sonidos de los insectos y animales nocturnos. Diría que apenas puedes identificar algo que no sea el incesante zumbido de las chicharras que por todas partes llenan el espacio  de esa melodía cansina y constante que hacen de cada noche, una noche africanas.

Nadie sale. Nadie camina. De hacerlo siempre con una luz, para disipar a los espíritus de cualquier pretensión perversa. Noche en la que la vida familiar se hace reducto, donde la intimidad no existe y permite, sin rubor alguno, que la vida  pueda de nuevo hacerse presente en un miembro más.

Esta es la auténtica liturgia de las horas en este punto del planeta ese culto agradecido al sol y esa reverencia vital a la luna. Ambos son testigos de una existencia que se escapa, como la arena por entre los dedos, de un  modo permanente y cuyo consuetudinario imperio, ordena la vida de estas gentes y marca el ritmo del vivir y del morir, de la luz y las tinieblas, del agua y del calor, como si de una clepsidra planetaria se tratara. 

Como un abrir y cerrar de ojos, se realiza cada día la sorpresa del vivir, inmersos en la abundancia de una vegetación salvaje y de unas vidas humanas que desafían toda dificultad para abrirse paso en la historia, en el hoy de cada quien, sin poder garantizar que mañana pueda ser del mismo modo, porque cada jornada está llena del peso de no pocas incertidumbres. En medio de esta increíble escena, el hacha contemporáneo amenaza con su tala lo que se ha tejido durante tanto tiempo y de un modo tan paciente. De igual modo, las manos erosionadas por arañar el coltán de la tierra o el diamante sacudido en las sucias aguas y descubierto a golpe de batea o el oro encontrado tras remover toneladas de tierra de modo primitivo, son todo ello acciones urdidas en la oscuridad para lamentablemente hacerse realidad a plena luz del día. El sol será testigo mudo e impasible de la libertad del ser humano, un ser humano que se debate a cada hora y a cada instante, por contentarse que mañana, resulte al menos como hoy. De todos modos, de serlo sonarán los tambores de fiesta y de no resultar así, sonarán de igual modo los tambores Quizá expresen como nada el latido del mismo sol.

FIN DE PISTA

Hay palabras y lugares que todos guardamos en el libro de nuestras vidas con una honda significación y sentido. Todos tenemos palabras, olor...